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De la realidad y sus imágenes

Nunca he profesado mucha fe por las banderas. Sin embargo desde que estoy en Dinamarca no hay cena o cerveza con estudiantes de otros países que no me devuelva al laberinto de la crisis en España: “¿cómo puede una economía soportar 5 millones de parados?”. A la recurrente pregunta le suele seguir una expresión de doloroso conformismo, subir los hombros y apuntar que ” la economía sumergida  en España siempre ha sido muy alta y ahora todavía es mayor”.

Sin embargo este argumento, activado ya como un resorte  no ha conseguido convencerme – a pesar de que inconscientemente haya ayudado a reproducirlo-  de lo que significa la crisis en España y de la respuesta social a esta. Y es que el argumento de la “economía sumergida” evoca una imagen muy clara: en España, como en todas partes, la gente soluciona sus problemas de forma individual. Gente que “vive” del paro mientras trabaja en B, autónomos que no facturan lo que producen o trabajadores que alargan bajas o trabajan el triple de horas de lo que figura en su contrato temporal.

La picaresca además alimenta esta imagen, como si hubiésemos hecho nuestra una versión folclórica y barroca del individuo free-rider; una especie de Lazarillo de Tormes del siglo XXI, universitario, con acceso a las nuevas tecnologías y que no le queda otra que aceptar el trampeo y el darwinismo social como modo de supervivencia. Esto significa aceptar como nuestra y normalizada una actitud que es más propia del controlado caos de los mercados, o peor, asumir que es así como funcionan nuestras sociedades, que la búsqueda del interés propio, en lugar de la cooperación es el motor de la sociedad.

La lucha por recuperar las imágenes, o como diría George Lakoff, por recuperar los marcos conceptuales que definen la identidad política de nuestras sociedades, se hace ahora imprescindible. Sobre todo porque en los últimos días han ido sucediendo cosas que han de ser rescatadas y defendidas como legítima expresión social del descontento. Como ejemplo de lo que es en realidad la sociedad.

Así, frente a la imagen del individuo que compite con otros por sacar su parte, se alza una masa heterogenia  que el pasado 15 de mayo clamaron indignados contra un sistema que se ha olvidado de ellos. Los mismos que desde entonces y estigmatizados por algunos medios como antisitema han acampado en distintas ciudades expresando, en el espacio físico de una plaza, la necesidad de recuperar espacios comunes que reparen el tejido social. Mientras algunos países de Europa alimentan el fantasma de la ruptura con el tratado Schengen, un libro de apenas 64 páginas bajo el título de ¡Indignaos! traspasa fronteras y en las calles de Madrid, como en muchas otras, los ciudadanos se reconocen en banderas de países lejanos. Y es que la indignación no conoce de fronteras, de verdades a medias, de España o Islandia. Porque las ideas, como la política y la democracia nunca dejaron de pertenecernos.

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